domingo, 3 de mayo de 2015

Nosotros también somos "Los 5"

Hoy toca post de estos amorosos. Amor a mis 4 (conmigo hacen los 5). Será que el estar acercándome a una nueva etapa me pone sentimental. Ni es el día de la amistad, ni está nadie de cumple, ni es el discurso de alguno de nuestros bodorrios (¡Porque nosotros no nos casamos! Aunque cada vez lo digamos menos y con la boca más pequeña).

Empiezo compartiendo con vosotros esta historia. Todo es verdad verdadera. Últimamente la cuento a todo el mundo, así que no podía faltar en el blog.

2000

Narón. Colegio. Clase de gimnasia. Dos amigos. Un niño está agachado para que los demás salten al potro. Una niña se dispone a pasar por encima de él con todas sus ganas. El niño está hasta los hu… de hacer de potro. Decide levantarse para que la niña no consiga saltar y pase a ser ella la que sufra agachada. La niña se acerca corriendo, él se levanta. Chocan y un diente de la niña se parte a la mitad. El niño se siente fatal por tal imprevisto. La niña se enfada.

2015

Barcelona. Clínica dental. Mismos amigos (a pesar del diente). El niño y la niña comparten nueva ciudad. El niño se ha hecho dentista. La niña va a la clínica y 15 años después sale con su diente como nuevo.

Moraleja (forzando un poco): No desesperes cuando sientas que algo ha fallado. Los amigos siempre están a tiempo de corregir errores.




Siempre que me decido a escribir es porque hay algo que llevo días queriendo contar. Si de pronto llega la chispa, se acelera el proceso, cojo el ordenador y me pongo a escribir.

En este caso la chispa fue vía Whatsapp…

...A las 8 de la mañana nuestro grupo se llenaba de mensajes. ¡¡Qué emoción!! ¡¡Uno de nosotros empieza nuevo curro!! Como somos muy madrugadores conectamos nuestras ciudades en la pantalla del móvil para desearle suerte a la susodicha. Por cada una de nuestras cabecitas pasa un sentimiento parecido a ese que deben de sentir los padres y las madres cuando sus retoños consiguen algo.  Al menos así me he sentido yo, orgullosiña de ver como poco a poco nos vamos abriendo camino.

Supongo que para todo el mundo sus amigos son los más especiales. También la tortilla de nuestra madre es la mejor. En el mundo existen millones de mejores tortillas. No, ahora en serio: ¡¡mis amigos son muy muy especiales!!

Hemos ido brindando todas las etapas: con la leche que nos daba la profe a los 5 años, con las cocacolas de 5 horas en el Burguer King, con las 5 cañas en la cervecería de la plaza (entre todos, claro).  



Hemos sido "frikis" desde pequeños hasta ahora. Y sí… sé que todos inventábamos juegos raros. Con 8 años era lo normal. El caso es que nosotros los mantuvimos hasta los…. Bueno. Lo dejaré en que más tiempo del que nos atrevemos a confesar en público.

Tenemos anillo de compromiso, canción romántica, nos hemos puesto los cuernos, nos hemos declarado amor eterno… Al final el amor es amor, sea del tipo que sea.

Algunos nos hemos ido desviando del río mientras bajaba. Puede que lo sigamos haciendo. Creamos afluentes pero lo importante es que sabemos que el río está ahí al lado para volver cuando lo necesitemos. ¡Qué queréis que os diga! Para mí no hay mejor forma de definir la amistad. Es familia.

Es cierto que hay cosas que ayudan a unir a las personas: intereses comunes, circunstancias, gustos similares… ¡Vamos! ¿Nosotros? ¿En común? En común tenemos el año de nacimiento y que hemos salido todos bastante estudiosos y aplicados. Por el resto, vemos la vida tan diferente y tan igual que cuando nos juntamos saltan chispas maravillosas. Chispas de confianza, de debate, de risas, de broncas, de recuerdos.

Para mí la amistad es confianza. Exige confianza y da confianza. Es entrar a ese terreno seguro en el que puedes mostrarte en esencia. Al 100%. Vulnerable, revolucionaria, triste, feliz, cansada, cariñosa e incluso insoportable cuando ya no puedes más. Qué más da. Son ellos. Te conocen.

Todos deberíamos pasearnos por ese terreno seguro más a menudo. Es el que vale la pena y es estrictamente necesario para seguir avanzando.


Me hacían falta unos emoticonos de Facebook para dar el toque final: Algo así como “Me siento muy afortunada” con tréboles en los ojos. 

Por muchos años más...

sábado, 14 de marzo de 2015

No me pongas caras tristes cuando necesite tu sonrisa

No me pongas caras tristes cuando necesite tu sonrisa.
No te compadezcas de mí. Ya me he compadecido yo.
No me pongas límites. Yo sé hasta donde puedo llegar.
No me trates en función de cómo crees que me siento. Sólo yo sé como me siento.

NO A LA COMPASIÓN DRAMÁTICA

Apenas utilizo la red social del pajarito pero hace unos meses me encontré en el twitter de Marwan con esta cita de Josefina Aldecoa y se me ha quedado grabada en la memoria:

“Siempre me ha sorprendido la dificultad que el ser humano tiene para soportar las molestias cotidianas y la valentía con que afronta las situaciones excepcionales”

Algo tan increíble como cierto. Dicha reflexión desfila por mi cabeza continuamente. En relación a las dificultades de los demás... ¿Cómo nos relacionamos? ¿Cómo nos apoyamos? ¿Cómo nos ayudamos?

Hace tiempo que quería escribir sobre esto en el blog. A veces creo que me tendría que haber dedicado a estudiar seriamente psicología porque hay que ver… ¡La de horas que me tiro pensando en las personas! Intento entenderlo todo, como si cada uno tuviese una razón para actuar como actúa, para ser como es.

Ahora bien,  la forma en que nos relacionamos con las dificultades de los demás me trae de cabeza. No alcanzo a entenderlo. Hay algo a lo que no le encuentro explicación: LA COMPASIÓN DRAMÁTICA.

SÍ, sí, la compasión, la preocupación, el consuelo. No en un grado normal. Esa compasión dramática que a todos nos han mostrado. Esa que tiene la mirada del gato de Shrek, la cara triste. Esa misma compasión que incide en el problema: “¡Joder! ¡Qué bajón! ¡Qué desgraciada eres, ya se te nota que tienes mala cara. La vida es una mierda y yo me hundo contigo”.

¿Sabéis qué provoca en mí esa compasión? Mentir. Mentir o llevar a terapia a mi interlocutor para ayudarle a superar mi problema. Al final, nos sentimos en la necesidad de dramatizar, pero hacia el extremo contrario (lo hago habitualmente con mi madre que, desde el cariño, es un poco dramática): “Si no pasa nada, estoy súper bien, todo es chachiguay y tiene fácil solución”

Yo soy de otro tipo de compasión. Esa de silencio, de mirada esperanzada, de tacto, de sonrisa. Creo en la balanza. Puede que a veces se me vaya de madre tanto optimismo pero para mí la vida consiste en una cosa: Equilibrio. No es que no me duelan los problemas ajenos pero sé seguro que quedarme en el “lo siento mucho” de poco va a servir. Así que además de sentirlo mucho miro a la balanza. Si se inclina hacia el lado malo, intento poner de mi parte para ir echando pesos en el lado bueno.  Por más que nos duela, el lado malo va a seguir ahí y por más que queramos tirar pesos fuera no lo conseguiremos. Por ello creo que es mejor compensar.

Cada persona tiene una súper heroína dentro a la que recurrir. La valentía de la que hablaba Josefina Aldecoa, esos superpoderes para enfrentarse a lo que haya preparado la vida. La muuuuy….. (me refiero a la vida) nos pone a veces limitaciones que nos obligan a reinventarnos con el riesgo de que alguien ajeno piense… ¡Pobrecita!. No creo en los límites personales y por eso me enfada muy mucho que sean los demás quienes los establezcan. Ayer se me hinchó la vena tras cruzarme con lo que yo bautizo “radar de capacidades ajenas”. Por favor! Si alguien no es capaz de hacer algo no apliquemos compasión dramática. Esperemos que sea esa persona la que decide hasta donde puede llegar. Cada persona buscará una alternativa, puede que sea difícil pero al menos dejemos que lo intente.

Lo bueno de escribir es que tras unas líneas equilibro mi balanza y me siento un poco más feliz.  Y recordando la maravillosa “into the wild”

“La felicidad sólo es real cuando la compartes”.

Por eso me gusta escribir en el Blog.

Iria


sábado, 14 de febrero de 2015

Querido Cupido

Querido Cupido:

     ¿Cómo llevas la resaca de San Valentín? ¿Muchas quejas? He decidido que me dirigiría a ti en forma de carta a pesar de que tenga la absoluta certeza de tu inexistencia. Debo mencionar que hay excepciones. A veces apareces en tazas de desayuno (rodeado de corazones) o en peluches en los que, la verdad, tienes unas pintas bastante singulares.


     Lo cierto es que me encantaría que existieses y por eso hoy voy a asumir que así es. No quiero que lances flechas para conseguir que dos personas (hasta el momento desconocidas) estén juntas forever and ever y “pase lo que pase” (aunque no pase nada…NADA!). Me encantaría que contribuyeses a inculcar un poquito más esa visión realista y racional del amor. Una visión sana, libre y positiva.  Porque me da miedo el amor que se enseña y el amor que aprendemos. Me da miedo que tengamos que esperar a hacernos mayores para entender ciertas cosas y que, a veces, ni con madurez llegue el aprendizaje. Tengo miedo al dramatismo ante la falta de amor “romántico”. Miedo al prototipo de pareja de vestido blanco y frac negro. Miedo al miedo que se tiene de no encontrar con quién compartir la vida. Miedo a las personas que venden el miedo a tener miedo a no encontrar con quién compartir la vida. Me da auténtico pavor que, aunque pasen los años, las cosas no cambien o (lo que es peor aún) nos vendan que ya han cambiado cuando siguen igual que antes-Aquí mi saludo a los del Corte Inglés-.

     Cupido, Cupido... Tienes tanto trabajo por delante…

Iria

miércoles, 28 de enero de 2015

"Una hora de vida es aún vida"

Y ellos dijeron: "De ahora en adelante no
responderéis por vuestro nombre. Vuestro nombre
es vuestro número”. Y la desilusión, la decepción y
el desaliento que me invadieron, me hicieron sentir
que yo ya había dejado de ser, para siempre, un
ser humano.
Lilly Appelbaum Lublin Malnik


Llego un día tarde, quizás 25 años, quizás 70 o quizás nunca haya sido tarde para esto.
Todavía me acuerdo de esa mañana. Hacía frío, todavía era octubre pero ya hacía frío. Me subí al autobús con ganas de saber, de conocer, de ver, pero sobre todo, de sentirlo. El camino hacia allí duraba una hora aproximadamente, y una hora aproximadamente fue la que estuve sin poder articular palabra. Mis ojos, mis oídos, no paraban de intentar comprender todo lo que estaban viendo y oyendo. Testimonios, imágenes, vídeos…la pantalla me contaba poco a poco el terror que en breves pisaría.
Y…allí estaba. Ése del que tanto había oído hablar. Ése que ojalá nunca hubiera existido.
La guía nos dirigió hacia la entrada. La famosa entrada. Y ya sentía frío. Más del que las bajas temperaturas podían ofrecerme.
Crucé el portalón y las palabras "Arbeit macht frei" desaparecieron a mi espalda. Varios barracones nos esperaban junto con las miles, millones, de historias que tenían que contarnos.



Han pasado ya 3 años y medio y me sorprende ver cómo soy capaz de recordar prácticamente cada instante que estuve allí. Cómo en mi memoria todavía permanece esa ropa de bebé que consiguió hacerme derramar una lágrima en uno de los lugares que más habrá visto derramar. No dejaba de preguntarme cómo alguien podía odiar a un bebé. A tantos miles de bebés.
A tantos miles de personas.
Todavía se me acelera el corazón cuando mis ojos vuelven la vista atrás para repasar una por una todas esas trenzas, coletas y melenas. Los zapatos de todas las tallas y estilos posibles. Tantas y tantas personas diferentes, llenas de vida, juzgadas como una sola por algo que ni siquiera era delito.
Y vuelvo al autobús.
Y mis emociones vuelven a calmarse. La vida real ha vuelto. Mi cabeza sigue en el campo. Y el día todavía no se acababa.
Los raíles marcan el camino. Entramos en AuschwitzII-Birkenau. Más de lo mismo diréis. Nunca es suficiente.
La vista no me alcanza para ver el final. Un barracón tras otro, uno tras otro, uno tras otro…
Allí “vivían”, allí morían.
Recorrimos un poco el lugar mientras la guía nos iba contando cómo era la rutina del sitio. Cómo intentaban sobrevivir.
Y ya se hace de noche, toca volver al autobús. Pero ya no era la misma chica que esa mañana, luchando contra el frío, buscaba el lugar donde coger el bus hacia Oswiecim. No podía serlo.
Debo confesar que esa noche tuve pesadillas y el campo me acompañó toda la noche.

Debo confesar que no me gusta hablar de Auschwitz sabiendo que, aunque con otro nombre o sin él, hoy sigue habiendo comportamientos parecidos. Con otro tipo de personas. De una manera más sutil. Y todos callamos. Como hicieron durante 1940. Antes. También después.
Debo confesar que no sabía si publicar esto o no porque sé que, por mucho que un trozo de Auschwitz me acompañe siempre, los supervivientes no quieren hablar de eso. Sé que no sabemos ni la décima parte de lo que allí pasó. Sé que igual no resistiría saberlo. Creo que no quiero saberlo.
Pero lo he publicado. Porque aunque sea la décima parte. Aunque sea una más de las millones de personas que han visitado el lugar esto no tiene fin. No puede parar. No puede olvidarse nunca. Y no puede repetirse. Jamás.

 “No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como ser incesantemente niños.”-Cicerón

Jesica

domingo, 18 de enero de 2015

Tú eres guapa, tú eres buena, tú eres importante

Ellas son así. Independientes, inteligentes, increíbles. Pero no lo saben. No lo oyen. No lo creen.
Han derramado lágrimas cuando deberían haber sonreído, deberían haberse alegrado de que la propia vida se hubiese cargado al capullo de turno.  O a la capulla de turno. Las hay de todos los gustos.
No han podido reírse de ellas mismas porque ya se encargaban otras personas.
Han creído en el amor.
Algunas aún creen en él. Lo defienden como si la vida les fuese en ello. Creen que así es. Viven pensando que una casa para dos es su futuro y que un sólo cepillo de dientes en el baño no es sinónimo de felicidad. Pueden ser felices pero se niegan a aceptar que solas puedan conseguirlo.  A veces lo intentan, se levantan diciéndose que no hay nada malo en estar “sola” pero tarde o temprano caen, y cada caída es peor que la anterior.
Otras ya no creen en el amor. Pasan el rato, revuelven sus sábanas, comparten sus camas pero se niegan a compartir algo más. Tienen miedo. Porque saben lo que pueden perder…y nadie les ha enseñado de verdad lo que pueden ganar.
Todas son maravillosas. Cada una a su manera. Con sus múltiples defectos y sus millones de virtudes. Todas buscan lo mismo, la felicidad. Todas han caído. Todas se han levantado, o están en ello. Pero todas tienen cicatrices. Huellas. Algunas queman. Otras ya ni se notan.
Ellos serán así. Independientes, inteligentes, increíbles. Pero no lo sabrán. No lo oirán. No lo creerán.
Han pasado su vida con las chicas equivocadas. Y  todavía no se han conocido.
Algunos se cruzarán…y pasarán de largo. Otros pararán, retrocederán si es necesario, y ahí estarán, compartiendo desayuno cada uno de los días que tengan junto a ella. Muchos otros coincidirán, la mirarán, tendrán miedo y saldrán corriendo. Quién sabe.
 Yo sólo las conozco a ellas. Y las admiro. Por todos y cada uno de los momentos que me han regalado. Son guapas, son buenas, son importantes. Sé que lo son. Sólo tienen que saberlo. Con alguien o sin alguien, eso es lo de menos. Porque cuando lo sepan, lo conseguirán. Serán felices así, con ellos o sin ellos. Con ellas o sin ellas.
Porque igual si lo repetimos más a menudo, nos lo creemos.
“Tú eres guapa, tú eres buena, tú eres importante”.


Jesica

lunes, 29 de diciembre de 2014

Mis 10 lecciones del 2014

Son las 12.30. Llego a casa del gimnasio a la hora prevista. Hace un sol increíble y un frío polar. De acuerdo a mi manera cronometrada de aprovechar los días, me dispongo a pasar a la siguiente tarea que he fijado en la agenda mental. “12.15: llegas del gimnasio, te preparas un café y te pones a estudiar sin pausa hasta las 14,  porque todavía no has estudiado decentemente en todas las navidades”. Pongo la cafetera y me quedo tonta mirando por la ventana pensando en qué me deparará el nuevo año. Hay que ver lo que me gusta perder el tiempo “barrenando” como suelo decir.

Le di un par de sorbos al café e hice un cambio en mis planes. “Empezaré a estudiar esta tarde porque me apetece escribir sobre el 2014. Además, va siendo hora de que publique en el Blog  y deje de llenar carpetas en el escritorio con posibles que nunca llegan a nada”

Me lo he dicho a mí misma con tanta autoridad que no podía dejar abandonada una vez más la publicación. Me costó arrancar porque sentía esto del balance de año como algo personal. No veía nada interesante para los demás en mis vivencias. Luego pensé en que podía tener interés lo que he sacado en limpio: El aprendizaje. De ahí han salido mis 10 lecciones.

1. Si no puedes dedicar todo el tiempo que quieres a algo… ¡no te machaques!. Si te machacas lo único que logras es que el poco tiempo invertido no sirva de nada. En el baile aprendí a gestionar la falta de entrenamiento. Fue uno de los años en los que menos tiempo dedicamos a entrenar, y a la vez, uno de los que más rendimos, más disfrutamos de las competiciones, de los campeonatos de España... “Mejor entrenar poco y bien, que entrenar sin ganas” Lección aprendida: Aprovecha al 100% cada momento en lugar de lamentarte por no poder disponer de más tiempo. Lo que hagas hazlo con ganas. Con muchas ganas.

2. No digas de este agua no beberé. Esto ya lo tenía aprendido, pero el 2014 se empeñó en recordármelo continuamente. Típica frase: “Ya lo sééééé…No se puede escupir al aire… pero sé fijo que equis-cosa no va a pasar” Lección aprendida: Pasará! Seguro!

3. Como nos decían de niñ@s: Si no sabes… ¡aprendes! Con la vuelta a la universidad fui pasando por etapas desde el “yo de eso no tengo ni idea” hasta el “Venga va. Paciencia y vamos a intentarlo. No vas a estar siempre pidiendo ayuda”. Esto lo apliqué a mil tareas que no hacía por la simple vagancia de no haberlo hecho nunca: revisar mi coche antes de dejar que vaya la llanta rodando o  que el piloto del aceite sea un árbol de navidad, coser en caso de urgencia, lavar a mano lo que sea necesario antes de llevárselo a mi madre… (no es que sean acciones de vida o muerte pero precisamente por eso hay que hacerlas). Lección aprendida: prohibido llamar a nadie pidiendo socorro antes de intentar hacerlo yo.

4. Ni soy un deshecho social por salir tres días consecutivos de fiesta ni me convertiré en un mueble por estar tres días en el sofá. Aprendí a salir sin pensar en el día siguiente y sin mirar el reloj (No está mal a los 25 años). También practiqué eso de estar sin hacer ¡NADA! Lección aprendida: No dramatices y deja la agenda mental cerrada de vez en cuando.

5. Aprendí a organizarme para dedicar más tiempo a mi familia y a mis amig@s. Tras dejar las competiciones a un lado, empecé a disfrutar de verdad estando con mi gente. Y como ya escribí antes ¡Sin mirar el reloj! Lección aprendida: Esa clase de amor, que a veces descuidamos un poco, es fundamental.

6. Aunque nada falle, fallará todo si un@ no se preocupa de vivir bien su vida. Teniendo todo lo necesario para ser muy feliz se puede ser infeliz, por contradictorio que suene. Cada día recuerdo una canción de Sés: “Quero bailar ao ritmo do que vive ilusionado e cabo do silenciado cantar quero con paixón” Lección aprendida: Hay que ser egoístas y honestos cuando pensemos en cómo vivir nuestra vida.

7. Hay personas buenas porque sí.  Me encontré con gente que me trató como si me conociese de toda la vida y de la que me llevo mil vivencias. Lección aprendida: A veces no son imprescindibles los años de antigüedad para vivir grandes momentos.

8. Me encontré con la salsa. Mejor dicho aprendí que es algo más que el 123 al ritmo de una música “pachanguera”. Lección aprendida: Hay una cultura y una música increíble detrás, digna de ser compartida y respetada.

9. Aprendí a hacer sonetos gracias a mi cargador de pilas personal (Aunque odie que no me guste Manolo García). Además de los sonetos, me ha enganchado a Ismael Serrano, a Leiva y a Izal. De años anteriores no hablo porque “si eres lo que escuchas” voy a convertirme en él. Lección aprendida: A veces somos capaces de hacer cosas que nunca nos habíamos planteado. Sonetos? Yo? Estás loco!! (aquí tuve que recurrir al aprendizaje número 2).

10. No sirve de nada hacer planes porque el día menos pensado pasa algo que cambia por completo tu rutina, tus pensamientos, tu todo. Esto lo aprendí ya hace unos años también, pero el 2014 me lo recuerda. Lección aprendida: Lo importante es ir viviendo cada día y dejar que las cosas pasen. Cuando menos te lo esperas…

Me quedo en medio del proceso de aprendizaje de algunas cosas como preocuparme un poco más por los demás e intentar ser menos despistada. En el lado más negativo tengo “aprendizajes imposibles” por si alguien quiere ayudarme. Quiero aprender a ser menos torpe y más cuidadosa: reducir a tres los golpes que me doy en un día (mi cabeza, pies, codos lo agradecerán); conseguir calentar la leche sin que hierva y monte un desastre en el microondas; reducir también a tres las veces que tengo que volver a subir a por algo cuando salgo de casa; dejar que el coche se pare completamente antes de apagarlo; aprenderme los nombres de l@s bailarin@s que llevan años conmigo (antes de que hagan huelga y dejen las clases) De estos tengo un largo etc.

Me he extendido demasiado pero quien me conoce ya sabe que es difícil hacerme callar.
¡Espero que tod@s tengáis un buen año 2015! No os deseo que sea el más feliz de vuestras vidas porque eso lo deseo para todos los años que viváis. Lo que quiero es que os aseguréis de vivirlo ¡cómo os de la gana!
Iria